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La historia de Ernesto Kruger rebasa el efímero recuerdo del maletín y el beeper; supera el traje negro, que casi siempre lo lleva puesto; y alcanza –seguramente- la excelencia del emprendedurismo en Ecuador, un proceso que comenzó -por necesidad- cuando apenas era un niño-. Hoy, a un año de cumplir medio siglo de vida, Ernesto Kruger es uno de los personajes más influyentes en Ecuador en temas relacionados a emprendimiento e innovación. Él es el fundador y CEO de una empresa ecuatoriana con reconocimiento internacional que lleva su mismo apellido.

 

A finales de los años sesenta, el Centro Histórico de Quito mira por primera vez a Ernesto Kruger, un pequeño que, con ausencia de padre, descubre que con un tarro y un poco de agua, puede ganarse la vida. Con una niñez un poco precaria –como él mismo lo dice-, Ernesto comienza a limpiar autos para ayudar a su madre, una colaboradora pública que haría todo lo posible para sacar a su familia adelante.

 

A los 14 años, él tiene la primera noción de emprendimiento real para ayudar a su mamá, quien quedó sin empleo e inicia mil peripecias para sobrevivir. “Con necesidades te das cuenta que siempre hay algo que hacer para ganarte la vida”. Y en este trajín es becado en el Pensionado Universitario, un colegio que le facilitó un alto aprendizaje por su filosofía liberal. Para Ernesto la educación sumada a la necesidad fue la fórmula perfecta para llegar a la universidad, en donde aprendió las bases de lo que actualmente hace.

 

Ya en 1986, en la Escuela Politécnica Nacional del Ecuador comienza a hacer un capital de trabajo interesante. Becado y con la urgencia de sostener su casa, se inicia como profesor; comparte su tiempo entre sus propios estudios de Ingeniería Electrónica y Sistemas de Control y la docencia particular. Y como siempre ocurren anécdotas, se enamora de una manabita, a quien debía visitar cada cierto tiempo.

 

Sin reparo alguno, Ernesto viajaba a Manabí y en una de sus tantas visitas visiona su primer negocio: venta de langostas. El capital de trabajo creció hasta comprar una lancha, y por supuesto, hasta el cambio de domicilio de su novia. En ese momento, Ernesto (como todo emprendedor) abandona su primer emprendimiento y comienza a ser profesor a domicilio y a trabajar, ayudando a la comunidad al sur de Quito con un voluntariado, así como también, a disfrutar de los deportes donde sobresale en especial en el baloncesto y el fútbol. Fue allí, donde conoció a quien hoy es su esposa.

 

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